Cuento: El tonto de la moneda


Afuera de una tradicional cantina en un pintoresco pueblito se sentaba todos los días un muchacho que todos los parroquianos de este lugar consideraban un tonto.

Pasaban las horas, circulaban las copas, y ya entrada la noche el ritual en la cantina se repetía todos los días:
-¡Que llamen al muchacho! – solicitaba alguno de manera eufórica, y de inmediato salía el ayudante del cantinero para pedir al joven que entrara en la cantina.
Temeroso y cabizbajo se presentaba ante los alterados y espirituosos clientes, que se arremolinaban en torno a la barra para disfrutar del espectáculo.
  • ¡A ver muchacho! ¡Escoge! ¿Te quedas con esta gran moneda de plata o con esta pequeña monedita de oro? – le decían mientras colocaban enfrente las dos monedas.
  • ¡Contesta pues! ¿Que, prefieres no quedarte con ninguna?
  • No señor.
  • ¿Tons? ¿Cual te quedas?
  • La grande señor
Las carcajadas no se dejaban esperar.
  • ¿La de plata? – le preguntaban una vez más – ¿estás completamente seguro?
  • Si señor, la de plata, la grande.
Insultos, carcajadas, sombrerazos, de todo le llovía al pobre muchacho que tímidamente tomaba la moneda y la guardaba en el bolsillo de su pantalón. Salía del lugar y volvía a sentarse en la banqueta de la entrada del lugar, donde todos se despedían con burlas.
-Nos vemos mañana, a ver si ya despiertas.
Esta historia se repetía día tras día, mes tras mes, durante muchos años. El muchacho humillado todos los días por preferir guardar una moneda de plata en lugar de una de oro, aún a pesar de la gran diferencia de valor entre las dos monedas.
¿No era de sorprender la torpeza del muchacho? ¿Cómo era posible que pasaran los años y siguiera pensando que la moneda de plata tuviera más valor?
Estas preguntas se las hacían todos los bebedores, pero particularmente uno de los clientes, un poco menos eufórico y más molesto con las burlas que recibía el muchacho un día decidió resolver la situación.
Se acercó al muchacho y se sentó junto a él en la banqueta.
  • ¿Como estás hoy muchacho?
  • Bien, señor.
  • Respóndeme algo, chico.
  • Si, señor.
  • Te he visto entrar muchas veces a esta cantina y ser la burla de todos los asistentes al seleccionar la moneda de plata y dejar en la mesa la de oro.
  • Si, señor.
  • ¿De verdad en todo este tiempo no te has dado cuenta del error en tu decisión?
  • ¿Cual error, señor?
  • Pues que la moneda de plata no vale ni la décima parte de lo que vale la de oro. ¿Acaso no has notado esto? ¿No sabes el valor de los metales?
  • Si, señor, si los conozco.
  • ¿Y entonces? ¿Porque permites que se burlen de ti de esa forma? ¿Porque no mejor tomas la de oro y les demuestras que no eres tonto?
  • Porque no me conviene, señor. Si desde el primer día que me invitaron a escoger una moneda yo hubiera tomado la de oro, a ellos no les hubiera causado gracia, y nunca más me hubieran pedido volver a escoger una moneda. En cambio de esta forma he podido regresar un día tras otro, tomar una moneda de plata y resolver mis apuros económicos, señor.
Vaya sorpresa la que se llevó este hombre al darse cuenta que los verdaderos tontos en este juego eran los borrachos y no el muchacho, quien, dicen de oídas, cuando murió dejó varios cofres llenos de monedas de plata que había acumulado durante los últimos años de su vida.
Dicen, incluso, que tenía en monedas de plata más posesiones que cualquier otro habitante del pueblo. Y pensar que lo creían un tonto.

¿Cuáles son las enseñanzas que sacas de este cuento? ¿Me las cuentas? Te invito a comentar al final de este post.
Con Amor,
Viki Morandeira
Tu Coach Personal
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